literatura

De la vida a la literatura

Gerald Martin detalla en su biografía los episodios de amor y sexo de García Márquez y el reflejo en sus novelas

CESAR COCA. Lo ha dicho muchas veces: «Estoy rodeado de mujeres». Es verdad ahora como lo ha sido a lo largo de sus 82 años. La biografía de Gabriel García Márquez que Gerald Martin ha escrito después de casi dos décadas de trabajo, numerosas conversaciones con el premio Nobel y su familia y entrevistas a 300 personas que lo han tratado en diferentes etapas de su vida, lo demuestra sin margen de duda.

Además, ellas -abuela materna, madre, novias de unas semanas, la novia de toda la vida y más tarde esposa, amantes, prostitutas, admiradoras y admiradas- han alcanzado la inmortalidad al convertirse en personajes de sus novelas. El trabajo de Gerald Martin ('Gabriel García Márquez. Una vida'. Ed. Debate, en las librerías desde la próxima semana), una biografía «tolerada» más que autorizada, en palabras del interesado, permite identificar a las mujeres que han jalonado la peripecia vital del autor de 'Cien años de soledad'. Y no son pocas.

Sin embargo, su vida empezó con una carencia: la de su madre. Hasta los once años, Gabito, como lo llamaban todos en casa, estuvo a cargo de sus abuelos maternos. La causa fue el espíritu aventurero del padre, a quien el abuelo, un coronel retirado, llamaba con un tono algo despectivo 'García el del violín', por su afición a ese instrumento, con el que dio no pocas serenatas a su futura esposa durante el cortejo. Ese espíritu y una incapacidad natural para asentarse en oficio ni ciudad algunos lo llevaron a ocupar puestos tan dispares como radiotelegrafista, homeópata o farmacéutico -sin titulación alguna-, con resultados en general calamitosos. En parte por ello y en parte también porque Luisa Santiaga, la madre, unía un embarazo con otro hasta completar once hijos, el hermano mayor y una de las chicas de más edad vivían en casa de los abuelos.

En sentido estricto, no conoció a su madre hasta que estaba a punto de cumplir los siete años. Cuando quedó al cargo de sus abuelos, era un niño de pocos meses así que no puede extrañar que el día que Luisa Santiaga se presentó en la casa de sus padres el pequeño no sabía quién era. Todavía habían de pasar otros cuatro hasta que dejara Aracataca. El abuelo, aquel ser formidable que lo llevó a conocer el hielo y a escuchar la música de los acordeoneros, había muerto y su mundo estaba habitado por su abuela y sus tías, infatigables contadoras de historias que alimentarían su escritura durante décadas.

A los once años, cuando volvió al hogar familiar, era un niño pálido, en apariencia desnutrido y hasta un poco raquítico, según los testimonios que ha recopilado Martin. En ese momento, conoció también a algunos de sus hermanos. Al tiempo, descubrió lo que era pasar necesidades: la situación económica de la familia era tan mala que en una ocasión incluso les cortaron la luz por impago.

Iniciación al sexo

La falta de recursos no fue óbice para que a los 13 años su padre lo llevara a conocer... el sexo. Gabito recibió un recado para ir a reunirse con su progenitor. La dirección que le entregaron era la de un conocido burdel de la ciudad. Una prostituta lo recibió y lo llevó a su habitación. El futuro Nobel ha dicho que fue literalmente violado. Aún más: tuvo el presentemiento de que iba a morir allí mismo. Finalizada la faena, la mujer lo despidió con la recomendación de que hablara con el siguiente de sus hermanos, que como asiduo al local tenía una amplia experiencia. Ese episodio no aparece en relato alguno, pero está contado con detalle en su libro de memorias, 'Vivir para contarla'.

El muchacho superó pronto el trauma de una iniciación al sexo tan carente de emoción. A los quince años, conoció a Martina Fonseca, una mujer que le doblaba la edad y estaba casada con el práctico de un buque. Durante todo un curso escolar, cada sábado, recibía a Gabito en su casa y la tarde transcurría entre las sábanas. No había temor a que los sorprendiera el marido porque él, que con frecuencia pasaba una o dos semanas fuera, anunciaba su llegada haciendo sonar la sirena del barco. El objetivo del aviso era que Martina fuera preparándose para recibir a un esposo sediento de placer, pero durante esos meses era la garantía de que el muchacho tenía tiempo sobrado para abandonar la casa antes de que llegara el marido. Florentino Ariza, el protagonista de 'El amor en los tiempos del cólera', vivirá una aventura similar con sirena de barco incluida, durante su etapa de seductor irredento.

Al año siguiente, mantuvo otra tórrida relación con una joven negra, esposa de un policía. No está del todo confirmado -el propio García Márquez ha contado episodios de su biografía con detalles distintos, de manera que es muy difícil distinguir realidad de ficción-, pero parece que un día el marido los sorprendió en la cama. Al final, pese a la amennaza de darle un par de tiros, terminó perdonándolo porque recordó que Gabriel Eligio -su padre- lo había curado de una gonorrea con la que no había podido médico alguno. A esa joven, García Márquez la llamaba Nigromanta mientra entrelazaban sus cuerpos, y así se llama también una sensual mujer de raza negra que aparece al final de 'Cien años de soledad'. Al principio de ese libro, José Arcadio vive su primera experiencia sexual tras recorrer una casa llena de personas que duermen en hamacas. Otra experiencia real: el creador del personaje visitó durante un tiempo a la mujer de un médico, de nuevo mucho mayor que él, que vivía en una vieja casa de Zipaquirá, donde él estudiaba, y hasta cuya alcoba llegaba tras atravesar un dédalo de pasillos y habitaciones. Por esos mismos días, Gabo tenía una noviecita llamada Berenice de la que aún conserva una foto en el álbum familiar.

Mercedes Barcha, su esposa, aparece en escena a finales de 1941. Ella tenía nueve años y él, catorce. El escritor, lo ha confesado muchas veces y Gerald Martin se detiene en ello, pensó de inmediato que algún día sería su esposa. En 1945, influido claramente por Neruda y firmando como Javier Garcés, le escribió un poema titulado 'Soneto matinal a una colegiala ingrávida', que termina así: «Si se viste de azul y va a la escuela, /nadie adivina si camina o vuela, /porque es como la brisa, tan liviana/ que en la mañana azul nadie precisa/cuál de las tres que pasa es la brisa,/ cuál es la niña y cuál es la mañana».

El germen de su futuro amor estaba ya ahí, pero eso no significa que dejara a un lado el sexo sin compromiso. Meses después de ese candoroso poema, con el dinero obtenido acompañando a su hermano Luis Enrique y su grupo en unas serenatas musicales contratadas por pretendientes rumbosos, se encerró durante diez días en un prostíbulo. «La culpa fue de María Alejandrina Cervantes (...) con quien perdí la cabeza en la parranda más fragorosa de mi vida». Con ese mismo nombre aparece en 'Crónica de una muerte anunciada': es la dueña del burdel en el que acaban todos los invitados a la boda. En esa novela, en la que Mercedes es un personaje más -aunque muy secundario-, la protagonista es Ángela Vicario. En realidad, se llamaba Margarita Chica y durante un año de colegio fue la compañera de habitación de Mercedes.

Dos historias paralelas

Durante años, con el 'cocodrilo sagrado' -como bautizó a su novia en la distancia- siempre al fondo, García Márquez se relacionó con prostitutas sin nombre y mantuvo algunas aventuras tan fugaces que no queda rastro de ellas. Hasta que de pronto, cuando vivía en París al borde mismo de la indigencia, apareció en su vida una aspirante a actriz nacida en Eibar que había huido a la capital gala tras un intenso y amargo romance con Blas de Otero. Su nombre es María Concepción Quintana, pero el poeta -a quien Martin califica de «sumamente inestable», «redomado donjuán» y de «carácter impredecible hasta lo patológico»- la había rebautizado como Tachia.

A finales de 1956, Tachia y Gabo vivieron una intensa historia de amor en los pocos metros cuadrados de la habitación que ella había alquilado. Fruto de aquella relación fue un embarazo que no llegó a término. Tachia decidió abortar y la hemorragia que sufrió obligó a su hospitalización. Luego regresó a España. El escritor puso muchos de sus rasgos en el personaje de Amaranta Úrsula, en 'Cien años de soledad', y construyó una historia especular en 'El rastro de tu sangre sobre la nieve', la peripecia de una joven embarazada llamada Nena Daconte, que viaja de España a París con su marido y morirá desangrada en un hospital galo.

El futuro Nobel sobrevivió en París gracias a un billete de cien dólares que le hicieron llegar sus amigos, y curó sus heridas afectivas con una mujer a la que enviaron para que se lo cambiara. Ella lo recibió desnuda y al parecer le dio algo más que francos. Pero la historia con Tachia no había terminado. De hecho, ha sido una especie de Guadiana en su vida. Tres años después de la ruptura, ella volvió a París y al pasar junto al café Luxembourg vio al escritor a través de los cristales. Entró, charlaron y partieron hacia un hotel barato «para acabar las cosas como es debido». Pasarían once años hasta su siguiente encuentro. Mientras tanto, Gabo se casó con la mujer con cuyo destino se creía unido desde la adolescencia, viajó a Cuba, se sumó al entusiasmo de la intelectualidad latinoamericana por su revolución, visitó varios países del Este y eso redujo su admiración por el comunismo, publicó 'Cien años de soledad' y alcanzó la gloria, y en ese mismo momento empezó a crear su propio personaje.

En 1968, volvió a encontrarse con Tachia. Ambos estaban ya casados. Las dos parejas quedaron a cenar en el apartamento parisino del escritor, ya una estrella del firmamento literario. La reunión transcurrió aparentemente entre risas, pero Martin asegura que en el fondo fue muy tensa. Las cosas se fueron suavizando, sin embargo. Tanto que a comienzos de los ochenta, cuando todos ellos vivían en París, Tachia ejercía de 'tía' y se encargaba de cuidar a Gonzalo y Rodrigo, los hijos del novelista, cuando éste y su esposa estaban fuera. Y en 1982, con ocasión de la solemne ceremonia de entrega del Nobel, la actriz vasca y su esposo formaron parte de la comitiva de invitados. Es más, fue ella quien salió a una tienda para comprar ropa interior de abrigo para el escritor, que como buen caribeño sufría con el intenso frío de Estocolmo en diciembre. Suyas son también casi todas las fotos informales de esos días, en las que el escritor posa con sus amigos. En una de ellas incluso vestido sólo con la ropa interior que Tachia le proporcionó.

Ni siquiera Gerald Martin consiguió que García Márquez hablara con detalle de su relación con Tachia en los años cincuenta. Pero es evidente que ha sido una de las mujeres más importantes de su vida, con la que consiguió además recuperar una entrañable relación de amistad después de haber roto su vínculo amoroso. Quizá a eso se deba que en 2003, cuando los García-Barcha compraron un apartamento en París, eligieron precisamente uno en el mismo portal donde vive Tachia. El amor, o algo parecido, sobrevive siempre a los tiempos del cólera.

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1- Bilbao- New York- Bilbao. Kirmen Uribe. Elkar.

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3- Zoaz infernura, laztana. Anjel Lertxundi. Alberdania.

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1- Handitzen, handitzen. Amaia Diaz de Monasterioguren. Ttarttalo

2- Azken egunak gandiagarekin. Joxe Azurmendi. Elkar.

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5- Urri urdinaren lurrina. Jurgi Kintana. Pamiela.

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